Populismo latinoamericano, un modelo exportado

América Latina y el auge del populismo global

El populismo latinoamericano se ha convertido en un referente político que hoy influye en democracias de distintas regiones del mundo. Así lo plantea el antropólogo y ensayista Carlos Granés, quien sostiene que América Latina ha funcionado durante décadas como un espacio de ensayo para múltiples corrientes políticas que ahora se replican fuera de la región.

En ese contexto, Granés observa que líderes contemporáneos han transformado la política en un espectáculo emocional, donde la confrontación, la provocación y la narrativa del enemigo ocupan un lugar central. Según su análisis, este estilo no surge de forma espontánea, sino que responde a sociedades marcadas por la frustración, la desigualdad y la desconfianza hacia las instituciones.

De la política racional al discurso emocional

De acuerdo con Granés, la política actual privilegia las emociones por encima de los argumentos técnicos. Por un lado, los discursos apelan a la ira, al resentimiento y a la identidad colectiva. Por otro, reducen el debate público a una lógica de “nosotros contra ellos”. Este enfoque, aunque efectivo en términos electorales, debilita la convivencia democrática.

Además, el ensayista advierte que este fenómeno ya no se limita a países con instituciones frágiles. Al contrario, estrategias similares han ganado terreno en democracias consolidadas, donde líderes utilizan un lenguaje confrontativo para desacreditar a rivales y cuestionar a los contrapesos del poder.

En América Latina, este modelo ha resultado familiar. Históricamente, amplios sectores del electorado han respondido a mensajes cargados de simbolismo y promesas de redención social. Sin embargo, lo novedoso radica en que estas prácticas ahora se exportan y se adaptan a otros contextos políticos.

Liderazgos carismáticos y riesgos democráticos

Granés identifica un patrón común en varios dirigentes: no buscan únicamente gobernar, sino “refundar” sus países. Esta ambición, señala, suele traducirse en tensiones con las leyes, las constituciones y la oposición política. En consecuencia, el líder se presenta como víctima de fuerzas ocultas que intentan frenar el cambio prometido.

Asimismo, el populismo latinoamericano ha encontrado terreno fértil en escenarios de inseguridad, crisis económicas y desencanto social. En estos casos, parte de la ciudadanía acepta soluciones extremas a cambio de estabilidad inmediata. No obstante, el riesgo aparece cuando la concentración de poder reduce los márgenes de control democrático.

Finalmente, Granés subraya que América Latina pasó de intentar imitar modelos europeos a convertirse en exportadora de fórmulas políticas propias. Este giro, afirma, resulta inquietante, ya que normaliza prácticas que priorizan la confrontación sobre el diálogo y la emoción sobre la responsabilidad pública.