La historia de Mónica Astorga monja trans volvió al debate público tras conocerse los motivos que la llevaron a dejar la vida religiosa después de casi cuatro décadas, luego de brindar apoyo directo a mujeres trans en Argentina. El caso expone tensiones internas dentro de la Iglesia católica y abre una discusión sobre fe, asistencia social y límites institucionales.
Astorga, nacida en Buenos Aires en 1964, integró durante casi 40 años la orden de las Carmelitas Descalzas. Durante su labor pastoral, desarrolló un trabajo social sostenido con mujeres trans en la provincia de Neuquén, una de las poblaciones más vulnerables del país, muchas de ellas en contextos de exclusión, enfermedad y violencia.
Del convento al trabajo comunitario
El vínculo entre Astorga y la comunidad trans comenzó en 2006, cuando una mujer solicitó ayuda en la parroquia donde la religiosa prestaba servicio. A partir de ese primer contacto, la entonces monja inició encuentros frecuentes con mujeres trans para conocer sus necesidades, historias de vida y condiciones de salud.
Con el paso del tiempo, el acompañamiento se tradujo en acciones concretas. Astorga gestionó un espacio de alojamiento para mujeres trans que salían de hospitales o que no contaban con un lugar seguro donde vivir. Posteriormente, impulsó la creación de un complejo habitacional con apoyo de autoridades locales y aportes privados, lo que permitió ofrecer viviendas dignas a varias beneficiarias.
Mientras tanto, su trabajo recibió reconocimiento social y respaldo de distintos sectores, incluidos funcionarios locales y organizaciones civiles. Sin embargo, dentro de la estructura eclesiástica comenzaron a surgir cuestionamientos sobre el enfoque de su labor pastoral.
Tensiones con la jerarquía eclesiástica
Conforme el proyecto avanzó, aumentaron las diferencias entre Astorga y autoridades de la Iglesia local. Según su propio testimonio en entrevistas públicas, algunos miembros de la jerarquía cuestionaron que centrara su vocación en el acompañamiento de mujeres trans, al considerar que esa tarea debía realizarse fuera del ámbito conventual.
A pesar de recibir mensajes de apoyo del entonces papa Francisco, las tensiones internas no se disiparon. Finalmente, Astorga decidió abandonar los hábitos, una decisión que el Vaticano formalizó en 2024. Desde entonces, continuó su labor social como laica, sin desvincularse del acompañamiento a la comunidad trans.
Actualmente, reside en Buenos Aires, donde mantiene actividades de apoyo comunitario y asistencia social. Aunque reconoce que su relación con la institución eclesiástica cambió, afirma que conserva su fe y su compromiso con las personas en situación de vulnerabilidad.
El caso de Astorga refleja un debate más amplio dentro de la Iglesia y la sociedad argentina sobre el alcance de la acción pastoral, la inclusión de identidades diversas y el papel de las convicciones personales frente a las normas institucionales. También visibiliza la situación de las mujeres trans, un grupo que enfrenta altos niveles de violencia y exclusión social en el país.

